Lo que el cine evangélico debe aprender de la Reforma

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Un factor prominente que es casi ignorado en cuanto a la Reforma, ya casi en sus 500 años, es su impacto en el mundo del arte. La época que precede las 95 tesis de Lutero exaltaba toda forma de arte europea como manera de obtener seguidores fieles, cortesía mayormente de la iglesia católica. Pasado el 31 de octubre de 1517 y todo lo que el evento catapultó, esta convicción se dividió en dos y las repercusiones fueron muchas. No hablo de la iconoclasia —la destrucción voluntaria de imágenes que evocan adoración—, hablo de la transición gradual de la obvia dramatización exagerada de santos con halos sobre sus cabezas y rayos celestiales a su alrededor, a una de paisajes silvestres, eventos simplistas de narrativa bíblica y escenas de la vida cotidiana de la era. Sencillez y majestad en una sola probada.
¿Puedo sugerir que los creadores de cintas como A prueba de fuego, Dios no está muerto y Pink deberían prestar mayor atención a estos sucesos? Podría afectar sus obras y el denominado cine cristiano de manera edificante.

No intento redactar un ensayo completo acerca de la historia del arte europeo antes, durante y después de la Reforma. Solo anotaré lo siguiente: toda esfera que conformaba la sociedad europea atravesó un giro abrupto de transformación a partir del 15 de octubre de 1517 y la metodología del arte en toda forma y acción fue una de ellas. Para la iglesia católica, las pinturas, murales y estatuas eran una gran manera para obtener convertidos. Con ellas exaltaban la santidad —en su término secular, que se refiere más a su expresión visual de poder celestial— de Jesús, María y los apóstoles con halos sobre sus cabezas, rayos solares y otros aspectos; todo lo que el óleo podría generar en todo su potencial, que fue lo que más destacó en su periodo antes rembrandtde la Reforma, conocido como el Renacimiento Alto. Además, esto va sin decir que estas creaciones ayudaban a la iglesia católica a vender indulgencias — boletos de “entrada al cielo”. Todo cambió a partir de la Reforma, cuando la iglesia católica cayó en división, al igual que su metodología del arte. Varias facciones del movimiento protestante, en particular el calvinista, se enfocaron en la iconoclasia como protesta ante el arte idólatra del catolicismo. Otros, mayormente Lutero y sus seguidores, no fueron tan ásperos. Comprendían que los cielos declaraban la gloria de Dios sin tener que evangelizar, al igual que las obras de arte que el Señor ordenó para el tabernáculo en Éxodo. Bajo este cambio de ideología, el arte protestante se fue transformando gradualmente. Fue menos evangelista y más representativo, ilustrando narrativas bíblicas más típicas que de la Crucifixión y el Ascenso, eliminando los halos y rayos celestiales y generalmente retratando a todo personaje bíblico, incluyendo a Cristo, más a la par de la gente común. También hubo un resurgimiento de pinturas ilustrativas de la vida cotidiana: granjeros, herreros, niños en campos silvestres, etc.

Entre los artistas prominentes de esta época —refiriéndome al Arte de la Reforma de 1520-1700— figuran Emanuel de Witte (1615-1692), Pieter Jansz Saenredam (1597-1665) y Rembrandt van Rijn (1606-1669). Obras de gran renombre incluyen Proverbios Holandeses (1559), El regreso del hijo pródigo (1663), Torre de Babel (1563) y La lechera (1658). El arte de vanitas —pinturas que reflejen la vanidad de la vida recordando a Eclesiastés 1the-milk-maid-by-vermeer2:8— surgió también en este tiempo. Alegoría de las vanidades de la vida humana (1640) nació a partir de este movimiento. Este arte fue tan accesible a los pueblos plebeyos que fue muy promulgada en libros, panfletos, grabados y aguafuerte. Su accesibilidad contrastaba los murales extravagantes que la iglesia católica financiaba con los diezmos del pueblo. Fue tan grande el impacto de este arte protestante que forzó a la iglesia católica a formar el Concilio de Trento para regularizar, entre muchas otras cosas, sus decretos en cuanto su propio arte—menos explícito, menos exageración santificada, mayor enfoque a otras narrativas bíblicas. Esto dio inicio a su propia contrarreforma, aunque haya durado menos tiempo (1545-1648).

Este análisis histórico es uno general y merece todo un estudio completo en sí. Pero, ¿qué tiene que ver esto con el cine evangélico? Pues mucho, realmente. Ejemplos de este cine tienden a conformarse con un propósito: evangelizar. La historia, los personajes, el género y todas las demás áreas de la producción son moldvan Steenwyck, Harmen, 1612-c.1656; Still Life: An Allegory of the Vanities of Human Lifeeadas para cumplir esa misma meta, no muy diferente al propósito del arte católico. ¿Cuál ha sido el resultado? Ejemplos modernos como Dios no está muerto y Cuarto de guerra presumen emociones a base de personajes irreales, cristianos en prueba que mágicamente encuentran felicidad al orar ciertas oraciones o cumplir con ciertos mandamientos. O peor: incrédulos con mal carácter y sin gracia cuya repetición de una oración sencilla rápidamente resuelve todos su conflictos. El mundo en el que habitan es monótono, vacío de personalidad y dependiente de emociones y eventos exagerados. La comparación con el arte católico, en su cruzada por exaltar a los santos sobre cualquier veracidad bíblica, es muy justificable.
Los dos extremos, el arte católico y el cine evangélico, dependen de una exaltación de elementos particulares que empujen al espectador hacia una convicción, convirtiéndolos en exageracionwr_w2_f-44es, caricaturas e irrealidades. La gran diferencia, tristemente, es que el catolicismo le ha prestado mayor atención y esfuerzo a superar toda habilidad artística posible, por tan desviada que sea su meta de adoración bíblica. El cine evangélico no, ni cerca. Superarse artísticamente, de acuerdo a la mentalidad de este cine, es un tropiezo comparado con las buenas intenciones de la evangelización, y poco esfuerzo se le da a la creatividad e integridad artística. Es un mal tipo de cine porque está mal fundamentado y mal dirigido, y ha sido exitoso porque, 1) se justifica con sus buenas intenciones en vez de diferenciar entre el llamado de la Gran Comisión y el propósito del arte y la ficción; y 2) la audiencia cristiana la ha apoyado demasiado porque no presiente otra alternativa u opción.

Los Reformadores comprendieron la única manera correcta de evangelizar bíblicamente: predicando la Palabra oralmente tal cual, exaltando a Cristo como el Único Mediador para la salvación, todo por Su Gracia a través de Su Espíritu. Lo hicieron de tal manera que varias sectas notaron sus claras tree-of-life-butterflyconvicciones a tal punto que reconsideraron sus propias creencias, tal como el Concilio de Trento —no que les haya funcionado, pero su influencia notable dice algo en sí—. Pero la Palabra es clara: ningún método reemplaza la evangelización de las Buenas Nuevas de Cristo. Otros métodos pueden ser de ayuda o guía, pero nunca el reemplazo o el medio. Toda forma de arte es un reflejo del poder creativo de Dios. El buen arte es aquel que reconoce esto y lo comunica como alabanza. Siempre limitado, comunica verdades bíblicas de manera leve. Su enfoque no es salvar almas sino avivar los sentimientos e inspirar la imaginación. Películas como Carruajes de fuego, El festín de Babette, Libertad, El árbol de la vida u otros filmes similares son buenos ejemplos de este factor, y ni siquiera fueron hechos por creyentes. ¿Cuánto más tardará el cine evangélico en comprender esta función?
La Reforma es un gran motivo para recordar la gracia de Dios con su pueblo a lo largo de los años. Que pueda también ser una inspiración a todo creyente artista, no solo el cineasta, en levantar olor grato en las artes para la gloria de Dios. Que dicho paso no contradiga la Gran Comisión sino la confirme. El regreso a la autoridad de las Escrituras es lo que caracterizó la Reforma hace casi cinco siglos. El regreso al arte sano y digno de la gloria del Señor es uno faltante.
Anhelo que sea pronto.

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